La rutina

Te levantas a eso de las siete de la mañana más o menos, rápido y corriendo te quitas la pereza para poder llevarte a la boca la primera comida bazofia del día; esos cereales modificados hasta la médula que te venden como si fuera el alimento más sano del mundo. Una vez recibida la primera súper ración de azucares que sacie toda crítica nos encontramos con el siguiente tormento que supone tener que aguantar una interminable saturación de vehículos que quieren entrar a toda costa y en el mismo espacio de tiempo en el mismo lugar. Esto es consecuencia del siguiente tormento de nuestras vidas y quizás el más importante; la imposición de un trabajo.

Nos enseñan desde niños que así ha de ser. Hemos de ser productivos con y para la sociedad, nos dicen. Nos inculcan que de no ser así acabaremos renegados a un segundo lugar en el cual van a para todos aquellos que se resisten al sistema y que no nos va a gustar. Es malo acabar allí. Constantemente nos muestran lo bonito y lo bien que podemos vivir dentro del sistema consiguiendo así que centremos todas nuestras energías en luchar con las reglas de un sistema amañado por conseguir aquello que nos muestran, anulando por completo nuestra capacidad de reflexión. Al ser incapaces de ver nuestro propio error somos incapaces de rectificar. El resultado es que seguimos empeñados en conseguir alcanzar una meta cuando lo que deberíamos hacer es cambiar la carrera. Pero también hemos de reconocer nuestra parte de culpa; por naturaleza el ser humano es envidioso y ese es un escoyo importante.

Llegamos a nuestro idolatrado puesto de trabajo para encontrarnos con nuestra realidad, esta es representada por un jefe que seguramente esté ahí por ser un pelota o un familiar del dueño de la empresa. Éste individuo es el encargado de que tú rindas y crees beneficios para la empresa, a saber; para que el dueño de la empresa esté disfrutando de un chalé de 500 metros cuadrados, un coche de gama alta y todas las comodidades para él y su familia, tú has de estar encerrado en tu puesto de trabajo por lo menos ocho horas al día para simplemente llevar a casa una cantidad de papeles pintados los cuales te dicen que ni siquiera puedes pagar con ellos el alquiler de tu casa. Como resultado te ves obligado a realizar más horas en el idolatrado. Las consecuencias de esto son que disponemos de menos tiempo para lo realmente importante, nosotros. Nuestro tiempo pasa a tener un dueño el cual tiene disponibilidad absoluta de el.

Al final de la jornada salimos del puesto de trabajo con cierta alegría en el cuerpo, lo que llaman “satisfacción por el buen trabajo realizado” aunque yo lo llamo satisfacción por terminar el sufrimiento de estar encerrado y obligado a invertir lo mas preciado de nuestras vidas en algo que no nos es fructífero, nuestro tiempo. Alguno vuelve a su casa, ese espacio cerrado que crea falsa seguridad, pero la mayoría necesita de esa droga legalizada al efecto, que le permite olvidar esa sensación que le invade cada día al finalizar su jornada laboral, que no sabe qué es pero ahí está; necesita del alcohol. Apaciguada esa rara sensación vuelve a casa en la que se encuentra con su otra realidad representada por su mujer e hijos que en cierto modo es la realidad que le obliga, le ofusca y no le deja escapar de la otra; la rutina.

Autor: Patrick

Me gusta las buenas películas; que cada vez hay menos, el deporte; lo practico asiduamente, sobre todo los programas de Les Mills, y claro, escribir en mi blog.

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