La Santísima Inquisición

Pedro Berruguete [Public domain], via Wikimedia Commons
Pedro Berruguete [Public domain], via Wikimedia Commons

La Santa Inquisición fue creada allá por el año 1478 con la santísima labor de eliminar a todo hereje y persona que adorase al demonio, brujas; en especial las pelirrojas. Y hay que decir que el desempeño de sus funciones les resulto rentable y fructífero, ya que en los primeros 50 años de su existencias mataron a más de 50.000 personas de las formas más grotescas y sanguinarias posibles. Pero lejos de perseguir, juzgar y ejecutar a brujas y endemoniados, las principales victimas de la Inquisición eran los que practicaban el Judaísmo, Protestantismo y las Practicas Moriscas y por norma general a toda persona que no procesara la fe cristiana.

Los juicios, si es que se les puede llamar así, eran de lo más surrealista posible. Para que el acusado demostrara su inocencia tenía que sujetar en su mano un clavo ardiendo. Si durante el interrogatorio no se quemaba, era por que decía la verdad y Dios le había protegido de las quemaduras. Como te puedes imaginar nadie supero la prueba y de paso sea dicho de hay nos viene lo de ‘Agarrarse a un clavo ardiendo‘ ya que para el reo era su única esperanza de seguir con vida.

En las acusaciones más grave las técnicas para dictaminar la inocencia del acusado eran aun más ingeniosas. Un de ellas consistía en atar de pies y manos al acusado y tirarlo al río. Si este se hundía y se ahogaba era porque era inocente y moriría limpio de pecado para unirse con Dios (que misericordioso). Si por el contrario salia a flote, era por ser un pecador culpable y las aguas bautismales lo habían rechazado, por lo que tendría que ser quemado vivo en la hoguera purificadora.

Tenían soluciones para todo. Si existía alguna duda a la hora de acusar a alguien simplemente los aprisionaban y los torturaban de forma tan salvaje, que los presos confesaban no por su culpabilidad, sino para conseguir la muerte y así dar fin a la tortura. Uno de los casos más famosos fue el de Anna Pappenheimer (acusada de brujería en Alemania, en 1600), a la que le arrancaron sus dos pechos y se los dieron a comer a sus hijos los cuales habían sido concebidos en pecado.

No menos monstruoso fue el caso de Juan Fian. Para que confesara y se declarara culpable le arrancaron de cuajo todas y cada una de sus 20 uñas de los dedos de sus manos y pies. Pero Juan tuvo el aguante de soportar la tortura, para remediarlo empezaron a clavar clavos en donde antes habían uñas. Como te puedes imaginar a Juan ya no le quedaron fuerzas para seguir aguantando y se declaro culpable.

Todas estas practicas resultan de lo más espeluznante pero un de las peores suertes que corrían los acusados era el temido cepo de madera para ser abandonado en la plaza del pueblo. Los que sentenciados a este castigo sufrían todo tipo de agresiones por parte de los pueblerinos ya que estaba permitido hacerles de todo: golpearles, quemarles, mutilarles. Un ensañamiento aprovechado por todo aquel que tuviera alguna disputa con el sentenciado.

Aunque una de las maquinas más llamativa era el ‘Aplastacabezas‘. Los Inquisidores estaban convencidos de que el Demonio se alojaba en la cabeza del endemoniado y que para obligarle a salir lo mejor era aplastar la cabeza del pobre desgraciado al que había poseído. Y para estar al 100% seguros de que el trabajo si hacía bien y el demonio era expulsado, no paraban de ejercer presión en a cabeza hasta que el celebro salia literalmente por los ojos.

 

Autor: Patrick

Me gusta las buenas películas; que cada vez hay menos, el deporte; lo practico asiduamente, sobre todo los programas de Les Mills, y claro, escribir en mi blog.

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